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Salve Regina

En el siguiente vídeo nuestro Santo Padre el Papa Benedicto XVI al finalizar la Eucaristía con el canto de la Salve Regina:

SALVE REGINA

Todos los sábados finalizamos la Eucaristía en nuestra Parroquia de La Purísima de Murcia dirigiéndonos a nuestra Madre la Virgen María con nuestro saludo, súplica y petición en el canto, en latín, de la Salve Regina.
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El texto en latín:

Salve Regina, mater misericordiæ vita, dulcedo et spes nostra. Salve.

Ad te clamamus exsules filii Hevæ. Ad te suspiramus gementes et flentes in hac lacrimarum valle.

Eia ergo, advocata nostra, illos tuos misericordes oculos ad nos converte.

Et Jesum, benedictum fructum ventris tui, nobis por hoc exsilium ostende.

O clemens, O pia, O dulcis virgo Maria.

El texto en español:

Salve Reina y madre de misericordia: vida, dulzura y esperanza nuestra. Salve

A ti clamamos los desterrados hijos de Eva. A ti suspiramos clamando y gimiendo en este valle de lágrimas.

Oye por tanto, abogada nuestra, vuelve tus ojos misericordiosos hacia nosotros.

Y a Jesús, fruto bendito de tu vientre, muéstranoslo después de este destierro.

Oh clemente, Oh piadosa, Oh dulce Virgen María
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Salve Regina es una oración muy antigua: consta que ya existía en el siglo XI. Desde entonces hasta la actualidad por su profundidad, belleza ternura, sencillez y brevedad ha gozado de una gran popularidad.

En la Salve saludamos a la Virgen María “Madre de misericordia, vida, dulzura y esperanza nuestra”, con una presentación “”A ti clamamos los desterrados hijos de Eva” se hace una petición a la Virgen”muéstranos a Jesús, fruto bendito de tu vientre” y finalizamos con “Oh clemente, oh piadosa, oh dulce Virgen María”

Saludo

El saludo es una sucesión rápida y abundante de piropos, que tienen la función de atraer la mirada y la benevolencia de la Santísima Virgen.

Salve es el típico saludo latino, respetuoso y familiar al mismo tiempo. Es un deseo de buena salud.

Regina es la primera albanza. Al decirle Reina reconocemos que es poderosa.

Mater misericordiae , es lo más importante para nosotros, expresamos que es nuestra Madre y además misericordiosa. El que suplica quiere salir al paso, cuanto antes, de una posible objeción: es cierto que él no se presenta con méritos y que no tiene ningún derecho para obtener lo que pide. Su único argumento es que Ella, María, es misericordiosa.

Vita, dulcedo: apelativos muy tiernos y cariñosos. Creo que no hay oración mariana en la que le dirijamos nombres más dulces: “mi vida… dulzura…”. Spes nostra: el adjetivo “nuestra” nos indica que cuando rezamos esta oración no nos presentamos a María como hijos únicos, sino junto con todos los hermanos. Si ya de por sí es difícil a una madre resistirse cuando su hijo le pide algo, ¿qué será cuándo se le presentan todos al mismo tiempo?

Presentación de la súplica

Antes de entrar de lleno en su única petición, el suplicante se presenta a sí mismo y describe el estado en el que se encuentra:

Clamamus: la traducción exacta es más fuerte que la que ordinariamente se usa en castellano. No sería “llamamos” sino más bien “gritamos” o “clamamos”. Suspiramus: indica esa dificultad para respirar propia de aquél al que le asaltan las lágrimas o una pena muy grande. Gementes et flentes: describe dos formas de llorar: ruidosa y violenta una, suave y mansa la otra. No hace falta más introducción para expresar que el suplicante no es feliz y que se encuentra en una situación de necesidad. Exsules filii Hevae: sin concretar sus penas, las resume todas ellas en su condición de pecador (hijo de Eva), desterrado de un Paraíso maravilloso que podría haber sido suyo. Esta nostalgia del Paraíso perdido se hace más acuciante todavía en esos momentos de abatimiento y de tristeza que la vida tiene y que están maravillosamente sintetizados con la alusión a las lágrimas y con la imagen geografica del valle: in hac lacrimarum valle. Mientras la montaña sugiere sentimientos de exaltación, luminosidad y fuerza, al valle, por el contrario, le acompaña la niebla, la oscuridad, la incertidumbre.

Petición

Antes de hacer la petición, una última alabanza, precedida de una expresión sumamente coloquial: eia: ea, venga!, orsù dirian los italianos.

Advocata: “si tú, que eres nuestra defensora, no nos ayudas, ¿a quién vamos a recurrir?”. Es una invocación que pone a María entre la espada y la pared… Illos tuos misericordes oculos ad nos converte: el suplicante, antes de pedirle a la Santísima Virgen la gracia que necesita, le pide que le mire: ¿cómo va a negar algo una madre cuando su hijo le está mirando a los ojos? Por eso, el hijo le pide a María que, por favor, le mire. Pero, obviamente, no lo dice así, sino con un giro poético y finísimo: “dirige hacia nosotros esos tus ojos misericordiosos”. De nuevo, otro piropo a María como mujer: y concretamente a sus ojos, cuya belleza natural se ve potenciada por el amor y la misericordia que en ellos se reflejan.

Finalmente, llegamos a la petición. En latín, por el hipérbaton característico, que pone normalmente el verbo al final, la construcción de la frase tiene un encanto especial: et Jesum, benedictum fructum ventris tui, nobis post hoc exsilium, ostende. Refleja muy bien el titubeo, la indecisión del que quiere hacer una petición difícil y no sabe cómo comenzar. Una traducción literal sería ésta: “y a Jesús, que es el fruto bendito de tu vientre… a nosotros, después de este exilio… muéstranoslo”.

¡Qué bien dicho! La idea es que nos deje entrar en el cielo, que nos alcance esa gracia. Pero no lo dice de modo tan directo y burdo, pues podría parecer una petición interesada. El suplicante quiere expresar que lo de menos es el cielo; lo que a él le interesa es… ver a Jesús. Obviamente, es lo mismo, pero dicho de modo más elegante.

El final

La coda, que algunos atribuyen a san Bernardo, es el broche final y la despedida de esta hermosísima oración: • O clemens: invoca la clemencia de María y muy discretamente hace referencia a nuestra condición de pecadores. O pia alude a nuestra triste condición de hombres que sufren. O dulcis Virgo sintetiza todos los cariñosos apelativos que se le han dirigido a la Virgen a lo largo de la oración. Y concluye de modo magistral pronunciando simplemente el nombre de María: Maria. El último recurso para alcanzar de la Virgen la gracia de las gracias: pronunciar su nombre con un hilo de voz, con amor y mirándola confiadamente a los ojos.